miércoles, 2 de diciembre de 2015

San Gil: de las entrañas de la tierra al azul del cielo

Siguiendo la saga de aventuras con Martica (mi madre hermosa), también es inolvidable la que vivimos en San Gil. Esa pequeña ciudad santandereana, conocida como la capital de los deportes extremos de Colombia, fue el escenario perfecto para superar juntas varios miedos. 

Guacamaya en el Parque El Gallineral

Y es que mis amigxs y conocidxs todavía se sorprenden cuando respondo tan tranquilamente que “sí, yo he volado en parapente… en un paseo con mi mamá”. Claro que no les cuento todas las palabrotas que ella pronunció los primeros minutos de vuelo y que yo alcancé a escuchar desde la tierra, y algunas veces omito que yo estuve a punto de pedir que me bajaran porque sentía que pronto devolvería las atenciones del día. 

El Gallineral
Llegamos en la tarde a un hostal tranquilo a pocas cuadras de la plaza, organizamos el tour de rafting para el otro día y salimos a caminar por el centro. Visitamos el hermosisímo Parque El Gallineral, comimos mazorca asada frente a la iglesia y a descansar para la mañana en el río. 

Al otro día desayunamos en la plaza de mercado, que es una de mis favoritas por sus mega-desayunos de abundante fruta y arepa santandereana con chocolate. Fuimos al punto de encuentro y de ahí al río Fonce donde subimos al bote para comenzar un recorrido de rafting con rápidos no mayores a un nivel 3 (es decir, suaves). 

Era mi segunda vez en esta actividad y la primera de mi mamá y otras personas en el grupo que nos acompañaba. El paisaje era hermoso, el río tranquilo y yo tan confiada asumí que manteniendo mi pie bien metido bajo presión entre el piso y el borde (los que lo han hecho entienden) podía contemplar la naturaleza que nos rodeaba mientras remaba con calma; pero uno de esos rápido tipo 3 me tomó por sorpresa y en cuestión de segundos estaba en el agua escuchando los gritos desesperados de Martica “¡Mi hiiija! ¡Mi hijaaa!”, mientras veía su remo extendido golpeando el agua para que me avispara. Tomé el remo e hice un esfuerzo sobrehumano para subir al bote mientras unos episodios de carcajadas estruendosas me impedían coordinar mis movimientos, pero todo sea por abrazar a mamá y seguir disfrutando del paseo. 

Llegamos sanas y salvas a San Gil, almorzamos y, ávidas de adrenalina, fuimos a practicar espeleología y parapente en Curití. Martu es tan tan tan, pero tan valiente, que desafió su claustrofobia para poder ingresar a la Cueva de la Vaca y hacer un recorrido de unas dos horas a la luz de linternas, a través de riachuelos y bajo gruesas gotas cayendo del techo y el vuelo de algunos murciélagos. El orden en fila india era: el guía, mi madre, yo y el resto, para que ella estuviera segura y a toda hora protegida. La parte más difícil fue el túnel que tuvimos que cruzar sumergidas en el agua e impulsándonos con una cuerda, pero de ahí para adelante todo fue pura belleza. El aire que se respira dentro se siente más limpio y fresco, las estalactitas y estalagmitas con fascinantes, y la sensación de estar literalmente dentro de la tierra es inigualable.  

Volando
Salimos de allí a volar, como para aprovechar ese baño de energía poderosa de la tierra, y en 30 minutos llegamos a la vereda Las Vueltas. No recuerdo quién lo hizo primero ni si duramos 15 o 30 minutos en el aire, pero la sensación de estar volando sobre un frondoso bosque de árboles y tener una vista panorámica interminable que te muestra campos, montañas, nubes y a otros voladores de colores, no se olvida nunca. 

Llegamos a San Gil al atardecer con la única sensación que a uno le pueden dejar estas avezadas experiencias: ¡hambre! Así que encontramos una pizzería donde la personal resultó ser tan grande que nos sobraron para más tarde y el otro día. 

A la mañana siguiente otra vez (por supuesto) desayunamos en el mercado y tomamos el bus a Barichara; uno de los Pueblos Patrimonio de Colombia y un lugar demasiado lindo como para ir uno, dos, 10, 15 días… Pero solo tuvimos menos de 12 horas así que en ese tiempo caminamos por sus calles empedradas, visitamos el mirador desde donde se ve el cañón del Chicamocha y el río Suárez, las obras del Festival de Escultura Tallada en Piedra del '98 (son hermosas) e hicimos todo el intento de hacer el Camino Real hasta Guane, pero una persona en la carretera nos dio mal la indicación y terminamos agotadas y un poco insoladas esperando que un bus nos recogiera en la ruta. Y bueno... así son los paseos y las anécdotas que al menos sirvan para ponerle algo de humor a este tipo de escritos. 

Regresamos a San Gil esa misma noche y fuimos derecho al terminal a tomar el bus para llegar a Bogotá; mamá estaba de visita porque otra vez su hija se había ido a curiosear en otra ciudad. Esa fue nuestra última aventura de gran envergadura… así que aprovecho este post para lanzarle la pregunta: 

Martica, ¿hasta dónde tengo que ir ahora para que volvamos a volar?


Mamá en Barichara

Escultura a la madre agua

Árbol en El Gallineral

En El Gallineral

¡El mercado!

Paisaje camino a Guane

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