lunes, 21 de abril de 2014

Caminando el Tayrona

San y yo en modo zen

Al Parque Nacional Tayrona llegamos cansadas, ilusionadas y muy cargadas, luego de haber hecho la ruta Cabo de la Vela – Uribia – Riohacha – entrada al Tayrona, bajo un sol caribeño de esos… Nos faltaba una hora de camino a pie hasta Arrecifes, donde pasamos dos noches. Después de comernos un merecido dedito de queso, reacomodamos las maletas, dejamos equipaje en la entrada y entramos más livianas a caminar por un sendero muy verde, húmedo y pantanoso. 

El camino es largo pero bastante divertido, y con San de compañía, todo se iba dando sin mayores polémicas. Nos ensuciamos, nos reímos, seguramente picamos algo (porque todo el paseo nos la pasamos comiendo) y llegamos a las instalaciones de Ecohabs donde alquilamos nuestras hamacas. El lugar estaba llenísimo; casi no había espacio para colocar carpas, asumo que las habitaciones estaban todas tomadas y en nuestra zona de hamacas los pareos de colores colgados al viento y las chanclas junto a los mosquiteros, evidenciaba a presencia de muchos/as extranjeros/as. Porque a decir verdad, la familia promedio colombiana prefiere su cabaña privada y nada de compartir baños… ¡qué tal!

La compañera de hamacas
Actividad no. 1: una buena ducha con agua tibia, harto champú y me sentí como nueva (anímicamente porque eso no es lo que sentían mis piernas). Y después, apenas me estaba desenredando el pelo, me vinieron de golpe esos retorcijones de hambre que uno recibe con gusto porque sabe que en ese momento puede ir a abrir su armario y devorar la cuarta parte de las provisiones. No recuerdo bien queé fue lo que llevamos, pero la lógica me dice que debía haber frutas, maní, aceitunas negras, granos en lata, pan y/o galletas. 

Actividad no. 3 (porque la dos fue comer): ir a conocer ese mar sagrado donde los tairona hacían pagamentos a la tierra en agradecimiento por todo lo que nace de ella. Este grupo indígena ya no vive en la zona ya que el comercio de tierras les quitó el dominio de sus hogares, pero cada día se descubren nuevas pruebas acerca de las increíbles prácticas y conocimientos de las etnias de la Sierra Nevada que abren y mantienen los debates sobre la restitución de sus derechos. 

En fin, que llegamos a la costa y nos sentamos durante un período largo de tiempo, en silencio, a disfrutar los silbidos del viento, el canto de las olas y la suave textura de la arena entre los dedos. Ya estaba anocheciendo, así que volvimos a las hamacas, más cháchara, más picaditas y hasta mañana porque nos esperaba un día intenso.

Recibimos la mañana con un poco de yoga y esa fue la primera y última vez que abrí mi mat en mi viaje de dos meses por la Costa Atlántica. Alguien por ahí me dijo que lo había llevado de creída y estaba completamente en lo cierto, porque si una no es una yogui apasionada, ¿de verdad va a ponerse en esas cuando los días ofrecen playas, cascadas, juegos, cervezas, siestas, paseos, etc.? Pues resultó ser que yo no. 

Cabo San Juan
Pero rico; unos saludos al sol, el desayuno y a recorrer los senderos tairona, que por cierto, se ha descubierto que los más antiguos conforman una red de caminos que comunicaba a las cuatro diferentes etnias nativas de la Sierra (tairona, kogui, arhuacos y wiwas). 

Primero llegamos a “La Piscina”, una de las pocas playas donde es seguro nadar y jugar sin peligro a ser arrastrado por las corrientes. Eso hicimos un buen rato y seguimos a Cabo San Juan, también lleno de familias y de mochileros que sueñan con dormir en hamacas en la cabaña que yace sobre las rocas, y finalmente a la Playa Nudista, donde no llegan tantos pero si unos cuantos desinhibidos, de ambos géneros y todas las edades, y también quienes los acompañan, pero se dejan puesto el traje. 

Ahí acabó nuestro recorrido de playas y comenzó el ascenso hasta Pueblito Chairama, un antiguo asentamiento tairona donde se presume que vivían unas 3.000 personas y cientos de otras lo visitaban para hacer intercambios y seguir sus caminos. La caminata/escalada tarda por lo menos una hora, en la que se escalan rocas gigantes se caminan senderos tranquilos, se escuchan arroyos y se corre el riesgo de dar pasos en falso cuando no se está tan atento. Así que por salud y seguridad la mayor parte del recorrido lo hicimos en silencio, con la meta clara y (puedo suponerlo) cada una dándole ánimos a su cuerpo porque en los últimos 15 minutos las piernas nos querían dejar botadas. Lo que no sabían las pobres es que después vendría la bajada. 

Pueblito Chairama

Dimos vueltas, nos refrescamos en riachuelos, descansamos, cruzamos algunas palabras, nos separamos, nos reencontramos y regresamos. A medio camino el cansancio nos jugó sucio y de pronto nos encontramos tontamente perdidas durante unos 15 minutos, dando vueltas en círculo. Por suerte unos turistas más lúcidos nos mostraron el camino y llegamos nuevamente a Arrecifes al final de la tarde. Otra ducha, otra comidita y a la hamaca, a hacerle ho ponopono a las extremidades inferiores que habían soportado mucho peso, ejercicio y contorsión durante casi ocho horas seguidas; no po no…

Al otro día volvimos al coger camino. Mientras hacíamos cola para pagar nos tomamos un tinto hecho con café orgánico de la Sierra Nevada, que vendía una mujer indígena que lo traía en un termo y así daba a conocer el grano que cultivan en su comunidad. Para mi estuvo perfecto, delicioso. 

Nuevamente a caminar, esta vez con menos peso en las maletas por todo lo que comimos y con menos peso en el alma por todo lo que vimos: atardeceres, animales de agua, cielo y tierra, playas de colores, olas irascibles, construcciones centenarias, miradas de recelo, árboles abuelos, rayos de sol intensos, agua dulce de la Sierra, viento fresco de la Sierra, tierra firme de la Sierra, los colores de la Sierra… sus espíritus. 

Animales de cielo y agua


No hay comentarios:

Publicar un comentario